lunes, 26 de diciembre de 2011

efemérides

"cuando el olvido haga del pasado una tumba,
vas a ser las flores que ya no riegue nunca,
y ojalá la amistad exista de verdad" (100% de nada, A.C)




Hoy es primero de mayo y le escribo a tu muerte.
Tu viejo está llorando, destrozado en su casa
junto a la canilla que gotea, el perro ciego y los gatos.
El resto del universo anda en otra cosa:
hoy se celebra el día internacional del trabajador,
tradición que se repite desde el siglo 19,
en honor a los caídos en la protesta de Chicago.
A grosso modo, un homenaje a los millones que agachan la cabeza
y ponen el lomo y las neuronas, de sol a sol, a cambio de billetes.

Hoy es primero de mayo, las universidades están cerradas
hasta mañana, que volverán a abrirle sus puertas
a los pequeños burgueses instruidos que polemizarán en torno a Marx;
medios de producción, ploretariado, capital, plusvalía, lucha
y demás conceptos que se repiten desde el siglo 19.

Hoy es primero de mayo y le escribo a tu muerte.
¿Desde qué siglo el verbo trabajar se asocia con la palabra dignidad?
¿De quién, de cuándo, de dónde, viene esa relación?
¿Por qué no mejor probar con el verbo morir súbitamente?
¿Por qué no acaso con el verbo fallecer antes del debido tiempo?

Pero no, no me hagan caso che, si es otra la convención:
hoy es el día de convenios colectivos
que no reconocen desgracias particulares.
Hay fiestas sindicales en la televisión,
empleos en blanco y negro, con o sin obra social,
promesas y pedidos de aumento.
Hoy es primero de mayo: a mí me da igual si es hábil o feriado,
fabrico lágrimas y le escribo a tu muerte.

Cierro las cortinas, trabo las puertas, prendo una vela,
me acuesto en mi cama y dejo atrás el afuera.
La pieza huele a cenizas y mi colchón es un sepulcro.
En esta misma fecha, años atrás, en una carretera oscura,
tuviste un segundo de distracción y te estrellaste contra un árbol;
lo incendiaste y los pájaros se fueron, te abandonaron.
Ningún trabajador de la salud logró salvarte,
no había pastilla efectiva que valiese la pena tragar.

Te fuiste a Santiago del Estero, para vender una fuente de agua
y ganarte así unos mangos; no quisiste tomarte el día.
Hoy es primero de mayo de 2011, son horas de homenajes,
el barrio casi no ha cambiado desde tu partida.
Los transas siguen sin tomarse franco, y allá, en tu esquina,
la que dejaste atrás, los chicos se amanecen aspirando cocaína.

Cada primero de mayo, desde que te fuiste a no sé dónde,
el dolor no pide vacaciones ni reclama descanso.
El dolor más bien maquina, no tiene stop
ni solicita permiso al dueño para ir al baño.
Y yo le escribo a tu muerte, ¿sabés por qué?:
porque, aunque no llegaste a leerme, escribir es mi trabajo.


Dos siglos celebrando y citando al marxismo.
Dos siglos, que son más que el transcurso de tu vida, definitiva,
y lo que quede de mi estadía.
Lejos estamos de perdurar en la memoria del mundo por doscientos años
vos y yo, de convertirnos en efeméride.
Pienso más bien en nuestra historia, sabiéndola intrascendente,
algo que poco a poco irá quedando atrás, en el olvido,
desprovista de sentido,
como las tumbas sin nombre que ya nadie identifica,
hasta desaparecer de todo rostro, rastro, imagen o discurso.

Nadie tendrá ya en cuenta nuestra infancia alegre;
las tardes corriendo alrededor de los paraísos,
con el aroma a jazmín de las florerías, las paredes que rayamos,
y esos gualichos llenos de misterio, con palomas incineradas,
que amanecían en las veredas del cementerio San Jerónimo,
y que contemplamos tantas veces en silencio, absortos,
completamente fascinados.



.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Que Fotaza




Mi viejo en sus años mozos.
Pose de niño churro, Despeñaderos, 1951.
32 años antes del mágico polvo
que me trajo a este mundo.





*

lunes, 12 de diciembre de 2011

llueve

Llueve en Córdoba, es un lunes con bendición térmica.

De todos modos, los ciudadanos no detienen su marcha: algunos desfilan con paraguas y otros haciéndose sopa, cada cual surca su propio camino.

Llueve en la ciudad, y un cambio de clima no es motivo suficiente para dejar de lado los quehaceres y las obligaciones.

Es decir, llueve, y sin embargo la infiel se escapa igual hacia el hotel; el policía acata órdenes en la comisaría; y el abogado hace sus trámites en el juzgado.

Llueve, así es, y un tal Maxi putea en la esquina porque no consigue taxi. Y Uriel, que tiene el hijito engripado, va al almacén a comprarle miel. Llueve, claro que sí, cae agua y hace menos calor, es eso simplemente.

Me encantaría no tener que ir trabajar hoy, quedarme quieto hasta mañana mirando por la ventana; tomarme el día entero, una jornada full time, exclusivamente para pensarte.




miércoles, 30 de noviembre de 2011

Alberdi, cuna y tumba

A César


I
Hoy nos juntamos con los vecinos para defender Alberdi. Antes de despedirnos – apenas un rato, porque esto no termina- colgamos un pasacalle en la puerta de La Piojera, nuestro querido teatro. Lo atamos con alambre. Mientras lo apretaba con la pinza pensaba en mi infancia, en los recovecos del barrio.

II
El Blas Parera es una escuela pública. Se ubica sobre la calle Monseñor de Andrea. La calle comienza en el puente Tablada y surca los límites del barrio, pasando por el patio trasero del cementerio hasta llegar a la avenida Colón.

En verano el río crece y los guasos practican clavados, saltando desde el puente. Se paran, se acuclillan, se ajustan bien el elástico del short, toman envión y saltan al vacío. Y el que no salta es un cagón.


III
No tengo muy en claro si viejo votó allí en las presidenciales de 1989.

IV
La escuela Blas Parera sólo enseña el nivel primario. Con el correr de los años dejaron de invitarla a las olimpíadas intercolegiales. Las otras instituciones participantes se quejaron por la edad de los alumnos que conformaban las escuadras.

Es que entre los que participaban había muchos repitentes: jugaban guasos de 14 o 15 años en los séptimos grados, algunos ya con bigotes y pelos en los sobacos. En el equipo de volley ocurría lo mismo: había chicas que ya usaban corpiños y hasta menstruaban.

Incluso, llegabas a confundir al profesor de gimnasia que oficiaba de árbitro con un jugador.Era un abuso, ganaban las medallas de prepo. Sin embargo, el reglamento los amparaba, porque eran fehacientemente estudiantes de primaria.

V
El equipo de fútbol salió pentacampeón. La última final contra el Instituto Peña fue un trámite. Al Chanta lo veían los otros pendejos y se apartaban, nadie se animaba a meterle la pata. Es entendible, protestó el cura del Instituto Peña: un guaso huesudo, de un metro ochenta y cubana, zapatillas hechas mierda y un cigarrillo apoyado en la oreja intimida a cualquiera.

Seis pepas les metió el Chanta en la final; y a llorar a la mamita con eso de las fechas de nacimiento.

VI
Todos en el barrio saben que el Chanta es muy picante para el fútbol, que se aguanta las patadas y cuando le pega al arco te funde. Los viejos del Argentino Flores lo hicieron debutar a los 13 en los torneos interbarriales. Jugaba de titular, salvo en los partidos chivos, como con Deportivo Alberdi. En esa clase de partidos, los jugadores llevan el fierro en el mismo bolso junto a las vendas y el Ratisalil gel.

Por eso lo preservaban, no por razones tácticas sino por precaución, porque seguro que a la primer falta brusca pintaba el bardo.

VII
También jugaba el Iván en aquella gloriosa formación del Blas. El Iván tiene un hermano travesti, el puto Elías, así lo nombran en el barrio. Elías fue escolta en la promoción de 1984 y jugaba de arquero; jugó pocos partidos, porque estudiaba mucho y egresó a los 11. Era un arquerazo.

No se cansaban de jugar juntos al fútbol. Armaban los arcos con ladrillos y cuando venía un auto, el que estaba más cerca de la pelota la dominaba y la jugada se detenía. Cuando el día se apagaba quedaba el arco triturado, de tantos autos que pasaron sin esquivarlo.

VIII
Fue el 14 de mayo de 1989 el día en que triunfó Menem. Los adultos iban y venían para votar. Creo que en Alberdi llovía torrencial. Acá, cuando llueve mucho, el río inunda las calles y los niños se acuestan en los cordones de las bajadas: le meten el pecho a la cascada de barro, como si fuese un hidromasaje.

IX
La lluvia borra propagandas y grafitis de campaña. En un primer momento la imaginación te hace ver que las letras tienen corrido el maquillaje, que están sumidas en llanto; después se convierten en manchas, y luego de manchas, desaparecen.

Los días de elecciones las paredes terminan meadas y vomitadas, porque en el barrio la gente vota borracha. Entonces es común ver fideos estampados contra los muros, hojas de perejil y pedacitos de tomate y choclo; o postes bañados en pis.

X
Un nuevo día se va y un tal Carlos Menem, candidato del Frente Justicialista Popular, se impone al radical Eduardo Angeloz con el 49,3% de los votos, y será el nuevo Presidente de la Nación Argentina. En el Blas Parera sacó el 46% según datos oficiales. Mi viejo le dice a mi vieja que votó por el otro candidato, mientras toman mates y escuchan los resultados del escrutinio por LV2.


XI
Se trata de un tipo patilludo que se promocionó en los últimos meses, trepado a una carreta, vestido con poncho, proclamando salariazo, revolución productiva y otras promesas. Y le pidió al pueblo que lo siguiera, que no los iba a defraudar.

Después, durante su gestión, traicionó todas sus pretensiones: privatizando todo, congelando las jubilaciones, acatando propuestas neoliberales y provocando una gran extanjerización del país.

XII
Hoy colgamos un pasacalles que dice “La Piojera es de Pueblo Alberdi”. Lo atamos con alambre. La yuta nos tocó la sirena pero no se bajaron, sabiendo que no le tenemos miedo. El viejo teatro está olvidado, pasaron varios intendentes y concejales y ninguno quiso hacerse cargo.

No le dieron importancia. Como tampoco se la dieron a la enseñanza en el Blas Pareda. En su lugar, priorizaron la educación en la Blas Pascal; porque la sociedad necesita nuevos líderes. Así enseñaron el individualismo, la frivolidad y la ley del sálvese quien pueda. En este contexto fue que guasos como el Chanta o el Iván, aprendieron liderazgo dirimiendo sus conflictos a los tiros.




jueves, 3 de noviembre de 2011

Distinción



Permítanme hacer la distinción,

porque una cosa es un sueño turbulento

y otra distinta una pesadilla.


Puede el vecino darle puré de vidrios a tu gato

y aniquilarlo, y vos allí, presenciándolo.

Sufrir la muerte súbita de un hijo mientras lo estás acariciando.

O divisar un monstruo al acecho, dispuesto a destrozarte.


Te vas a despertar de golpe, transpirado,

bajo el efecto de un susto, a lo sumo;

hasta darte cuenta, en fracción de segundos,

que nada de eso te ha ocurrido.


Pero una pesadilla, una verdadera pesadilla en cambio,

es por ejemplo soñar el día más feliz de tu pasado.


Pudo haber sido cualquier suceso:

supongamos que fue

amando de improvisto a alguien

en un hotel del Sindicato Ferroviario.


Son esos sueños, que no son sueños

sino recuerdos indestructibles,

los que horrorizan tu pensamiento

y te consumen el cráneo.


Hay quienes perciben que el único modo de progresar

es despertarse una mañana sintiéndose mejor.

Mamá no lo entiende así: dice que un buen progreso para mí

sería comprarme pronto un autito a gas.


jueves, 13 de octubre de 2011

un viaje a Casa Cuna



¡Andá a llorar a Casa Cuna!, me recomendaron, y para allá me voy.

En el A10 viajamos una procesión de infelices con destinto a Casa Cuna.

Somos un contingente de perdedores que no saben a quién diablos reclamarle sus penas.

Necesitamos una explicación, una respuesta, una razón milagrosa y sanadora.

En los antepasados, los tristes y desdichados como nosotros iban directo a llorar al Campito. Ahora ya no existen: el boom de la construcción los llenó de edificios.

Cruzamos el puente Santa Fe y ya no puedo más, quiero explotar en llanto y ser una cascada del Suquía. “Infinita Tristeza”, escribo sobre el vidrio empañado de la ventanilla. Una señora con los ojos morados, sentada a mi lado, me contiene: aguantátela nene, ni se te ocurra llorar que ya llegamos.

¿Sabe hace cuánto que no lloro, doña?, le contesto, entrecortado, como si tuviese una bolsa de nailon bailando un tango en mi garganta. Desde 1995, para ser preciso, cuando murió mi abuelo se me hizo hielo el alma.

Y rueguen que no estén de asamblea en Casa Cuna, interrumpe nervioso un tartamudo que no para de tiritar, aferrado al pasamano. Porque sino, dice, porque sino, tendremos que irnos a llorar al Colón. ¡El teatro Colón está cerrado hace muchos años por la corrupción!, grita la embarazada del primer asiento, domiciliada en un pasaje de Alberdi. El padre del bebé se borró al enterarse que la preñó, y no sabe qué hacer, está desesperada. Aprieta el pañuelo con fuerza contra sus ojos, contrae los parpados con insistencia; debe evitar que se derrame su desgracia antes de tiempo.

Ya falta menos, menos mal, se nos está hinchando la cara a todos los pasajeros. Un niño harapiento agita desde el fondo: chofer, chofer, apure su motor, en este viaje urbano nos morimos de dolor. Nos bajamos unas cuadras antes, que viene bien, para juntar un poco de aire. El chofer tiene los ojos vidriosos, la angustia lo cachetea, pero la caretea, por eso no se quita ni un segundo las gafas.

Caminamos como en patota, un tanto disgregados. En la puerta de Casa Cuna hay un quiosco de revistas. Mirá a Zaira Nara, esa si que la hace bien, dice una gorda despechada, señalando un semanario: cambia de amor a la semana, como si nada.

A esta altura, yo ya no escucho ni los ruidos del tránsito. Me concentro exclusivamente en contener el llanto, lo más que pueda. Pienso en Daniel Flores, mi ex compañero de call center. Mientras atendíamos cientos de reclamos, una puteada tras otra, en un estado deshumanizado, este jujeño grandote leía poesía, y atendía llamadas a la vez, un espectáculo real. Y lloraba: juro por Dios que mientras en su box atendía, leía poesía y lloraba. Cómo no acordarme de vos, en éste, el momento de mayor sensiblería que atraviesa mi vida.

Antes de entrar al hospital, y al fin llorar (que es lo que más necesito en este día), me acuerdo de vos Daniel, de cuando soñábamos ser periodistas, y así poder denunciar la explotación campesina en los ingenios de tu querido pueblo de Ledesma.

Me acuerdo de vos, y de la moraleja que me dejaste, en aquel poema de la laguna de los cisnes: La gente hace sus propios cálculos, hermano, y una lágrima mía nada importa.

miércoles, 5 de octubre de 2011

una mueca

Te vas

y cada paso que das me ahueca,
a quemarropa,
a medida que te alejas.

Vuela una lágrima pasajera;
entre la gente se cuela
y puede herir a cualquiera.

Una bala angelical
eso es tu despedida;
me consuela saber
que viaja directo a mí.

Te vas
y mientras desvanezco me pregunto:

¿adónde irá a parar
lo que dejás escapar
como si nada sucediera?

Te vas
sin rumbo

y caminar por la peatonal
es patear un tablero de ajedrez;
me consuela saber
que te fuiste y yo caí.