lunes, 21 de febrero de 2011

Santiago de Chile


Atravesamos rutas en un auto

viajando entre las nubes como pájaros

el agua dulce y la arena alrededor

nuestras venas que flamean bajo el sol


dibujo un mapa en la arena:

le pido al sol que señales Santiago de Chile


te escaparas diciéndome:

“no sé donde está, ni sé como llegar

a Santiago de Chile”


miles de gotas se estrellaron

y juntos encontramos un nido de barro

me desperté a tu lado en la mañana

y por las ventanas flamean venas bajo el sol


dibujo un mapa en la habitación:

le pido al sol que señales Santiago de Chile

,


y me amarás sin saber que:

no sé si partirás, ni si piensas volver

de Santiago de Chile




miércoles, 2 de febrero de 2011

Montevideo

a J.R.


yo tengo una boca

que da besos de sal

no come remolacha

ni habla para mentir


yo tengo veinte uñas

pegadas a mis dedos

no me las pinto nunca

las muerdo por los nervios


yo tengo un par de ojos

que abrazan mi nariz

las lágrimas quedaron

atrás en el pasado


y un puñado de dientes

reos de mi inconciente

despiertan mientras duermo

y muerden mis pecados


y tengo dentro del cuerpo un verso

que todavía no sé escribir

es más o menos que te conocí

y me entregué al momento


yo llevo las heridas

muy bien disimuladas

las guardo en un museo

con las puertas cerradas


yo rasco una roncha

picada por promesas

que recibió las flores

de tus pequeñas manos


ya desarmé canciones

para escribir poemas

hoy sos la inspiración

que me llenó de letras


vivo desorientado

sobre el centro del mapa

mi estrella anda perdida

en alguna avenida


y tengo adentro del cuerpo un verso

que es tan difícil de traducir

es más o menos que cuando te vi

me olvidé del resto


en Montevideo

es el final del film

la actriz corre hacia el muelle

y se escapa en un ferry


dejando dentro del cuerpo un verso

en una lengua que no aprendí

(cuando es el fin da lo mismo

hebreo que chino mandarín).

viernes, 14 de enero de 2011

Los Pitufos






obra espontánea inspirada en Pitufina

(chicatos: hacer clic sobre la foto para ampliar)

viernes, 7 de enero de 2011

de carne y hueso



La Mona está cantando “El marginal”:

La vida me dio una espada

con la punta sin afilar

se enciende la algarabía

en el “monumental” Sargento Cabral


de pronto irrumpe Pierre Bourdieu en el escenario

y la orquesta se detiene

le arrebata el micrófono al popular cantante

para explicar que decir

La vida me dio una espada

con la punta sin afilar

no es sino lo mismo que decir que las sociedades

se estructuran

en base al control y a la disposición

diferenciada de capitales

económicos, sociales, simbólicos

y culturales

se escucha una multitud de silbidos

porque esta noche

a nadie le importa la teoría del sociólogo francés

la gente sólo quiere divertirse

y es entendible

(somos de carne y hueso)


Entonces

juntemos las monedas para otra ronda

de vino con coca

y hacemos palmas, palmas, palmas

así Carlitos nos canta otra.

domingo, 2 de enero de 2011

¿Por qué el cielo es azul?

Permítanme discernir, con quien pregunta ¿por qué el cielo es azul?: el cielo es celeste.

Los desafío: pídanle a un niño cualquiera que les dibuje el cielo en un papel: y veamos qué color de crayón toma primero.

El cielo es celeste, sería una insensatez pensarlo azul.

“La Vida imita al Arte y es, por decirlo así, el espejo, en tanto que el Arte es la realidad” (Oscar Wilde)

martes, 28 de diciembre de 2010

Quemar

"si los leones pudieran hablar, no los entenderíamos" (Ludwig Wittgenstein)


Pasaba por el mercado de las pulgas. Madrugada, la zona oscura.

Me cruzo con los travestis, saludo a Laura y sigo. Camino por la Cañada un poco borracho. Alguien me quiere vender merca al paso, y digo no, gracias, mi única intención de inhalar un poco aire fresco.


Veo venir a dos pibes decididos a meterme el caño. Podría haber corrido pero no lo hice. Uno de capucha. Son dos. El otro me encara a cara descubierta, pero no me atrevo a mirarlo a los ojos.

El encapuchado me apunta con un fierro mientras el otro me bolsiquea. Me quita celular, el mp3 y 30 pesos, la tarjeta, el documento. Del susto me meo encima, un chorro largo.


Mientras me amenazan, bajo la cabeza y les digo: tranquilos, tranquilos, queriendo transmitirles seguridad. Que los tres estamos nerviosos, pero que nadie tiene porqué quedarse ahí tirado y muerto.


Después de despojarme de mis bienes me gritan: “¡quemá! ¡quemá! ¡dale, quemá!”. Simultáneamente voy procesando la información, tratando de interpretarla. Mi diccionario mental define:


Quemar: destruir a una persona o cosa con fuego.


Pero no, comprendo que lo que me exigen los muchachos no es eso. Con eso de “quemá” no me están incitando a incendiar algo. Me están ordenando que huya pero ¡ya!

¡Quemá! es algo así como “rajá…”, “picá la llanta…”, “tomate el palo…”, “volá…”, “hacete humo”, “pirate…”.


Yo nunca antes lo había escuchado de esa manera, pero así es el lenguaje cuando muta. Alguien en la esquina propone una ocurrencia y a partir de allí la expresión se difumina en los suburbios de la ciudad.


¡Quemá, quemá! Y yo que me voy corriendo hacia el boulevard San Juan, llorando como un cagón, con el jean todo meado, ampliando mi vocabulario permanentemente, por las buenas o por las malas.



*

jueves, 2 de diciembre de 2010

la pelota

Trotaban mis primeros días en la bahía y por alguna parte me encontré un encendedor Bic.

De inmediato realicé la prueba empírica y me percaté que no servía: no me obsequió ni una mísera chispa.

Pero mi suerte comenzó a cambiar aquella siesta dominguera en la que me adueñe de esta pelota de goma.

Navegando en marea baja la divisé por primera vez; ya sin moros en la costa.

Desde la arena se veía desinflada y malherida,

y siendo yo el único testigo del infantil abandono,

con seguridad la arrimé hacia la orilla.

Fue recién después de uno, dos, tres, cuatro toques, - y un taquito-,

cuando comprobé que la redonda aún divertía; y a partir de allí la hice mía.

Por entonces, yo vivía en la casita de arriba de la montaña,

a la que se llegaba por un caminito cuesta arriba que cansaba.

Irme de esa casa fue un trámite: no tenía más que arrojarle unas cuantas pilchas a la maleta.

Porfiado hurgué hasta en los espacios más recónditos buscando pertenencias que no existían.

Y fue al salir que nos volvimos a encontrar; ella estaba en un rincón de la terraza

pululando con un balde ajeno.

Con la mano que me quedaba libre (izquierda o derecha no afectaba el resultado) la abracé,

y le suspiré en secreto: “vente chiquita…vámonos”.

Después de mudarnos ambos nos adaptamos al nuevo hábitat.

Ella, por lo general, se la pasa embadurnada con la arena del balcón, yo no la reto casi: verla rodar me conmueve.

Los bichitos de las plantas andan diciendo por ahí que mi balón es un gran planeta,

pero las hormigas la tienen clara y no se comen el verso.

Como la quiero, trato de darle bola y cada tanto la pateo un poco;

aunque el resto de las horas lentas, permanece quieta y se aburre.