jueves, 24 de marzo de 2016

40 años


"Ya se van a cansar estas viejas",
pensó el genocida
cuando golpearon la primera puerta.
Tal vez creyendo
que a ellas las guiaba el rencor
o el odio.
Pero esos sentimientos son
incapaces de perdurar tanto tiempo.
40 años ya,
y no se jubilan en esta lucha.
Son mujeres, madres, abuelas,
hermanas, argentinas, canosas,
que caminan ayudándose con el bastón,
buscando entre millones
a las identidades todavía robadas.
No descansan ni a la siesta.
Te están buscando a vos mientras escribo,
enseñando el camino de la dignidad.
Siempre desde el amor
y con la fe intacta,
esperando por abrazar al nieto 120.



A E.d.C

jueves, 11 de febrero de 2016



Esta mañana me vino a la mente el primer empleo que tuve, en un call center, vendiendo planes de salud. Tras numerosos intentos sin éxito, me atendió un tipo que demostraba cierto interés. No tenía cobertura médica, por lo que era un potencial cliente. La traía en buenos términos a la conversación, incluso llegó a contarme cómo estaba compuesta su familia.

Tomé confianza y le expliqué los precios del plan familiar, y que había que abonar $3 de co-seguro en algunos casos. Entonces el hombre se contrarió y me protestó “Ah, pero al final se paga un extra por todo...”. Yo, falto de experiencia, pésimo vendedor, le retruqué: “Bueno, pero supongamos que su hija se quiebra un brazo… $3 no es mucho, señor…”. Y ahí la comunicación se volvió inflexible, me contestó “por qué no te quebrás vos, hijo de puta” y me cortó.

El hombre reaccionó mal, pero no se lo dije con mala intención. Tampoco es que le pronostiqué leucemia o trasplante de médula a la niña. Puse de ejemplo una quebradura de brazo, un accidente doméstico, para que visualizara el servicio en funcionamiento. La abuela llevándole regalos; las amiguitas firmándole el yeso en el colegio; el compañerito que le gusta ayudándole en el dictado de la maestra, duplicando el escrito con papel carbónico.

Lo cierto es que el hombre se lo tomó muy a pecho y resulta que yo también, porque esa tarde regresé a mi casa con una angustia fulminante que – a trece años– todavía me dura.
Dos míseros días ocupé el puesto. Después de esa llamada presenté mi renuncia indeclinable.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Mandrake


Un sujeto extraño está pintando la casa de mi hermano. Lo apodan "Mandrake" en el pueblo, por su capacidad para resolver encargos como por arte de magia. Desde arreglar televisores, hasta asistir en el parto a una burra, todo lo hace Mandrake.

Lo primero que me revela es que su pasión está en la pintura, más que en cualquier otro oficio. “Allí se ve la belleza de una casa”. Y suelta una frase más contundente: “lavo con más amor a un pincel, que a mis propios calzoncillos”.

A medida que revuelve la lata de Alba, enumera sus andanzas. Fue gerente en una cantera, gomero, aviador, bailarín de salsa y remisero de las minas que mueven el culo en los boliches de Hernán Caire. También vivió cuatro años en una carpa, cuidando un campo donde la manteca y la carne se congelaban en los árboles.

Mandrake observa que tengo un libro en las manos y al instante se asume poeta. Confiesa que escucha música instrumental para inspirarse. Que no ha publicado en papel, pero que circula un cd clandestino con sus poemas. Y aclara que solamente los lee frente a personas que se sienten muy mal, para ayudarlas; porque si él salió de “todo lo que le pasó”, cualquiera puede salir adelante.

Mi hermano le convida una Coca-Cola que ya no tiene gas. Mandrake bebe unos tragos y enciende un cigarrillo. Ahí es cuando manifiesta que lo secuestró un milico celoso, que lo torturó en el delta del Tigre durante seis meses, porque salía con su ex mujer. “En Villa María mis amigos me dan por muerto desde hace varios años”. Enseña cicatrices de balas y un bubón en la nuca a causa de los culatazos. No está seguro de la fecha,  pero cree que le sucedió en el 2011.

Las gotas sintéticas salpican la camiseta rota de River Plate que lleva puesta, y tal vez Mandrake fue sparring del Príncipe Francescoli y todavía no me lo dijo. Parecería que todas las historias encuentran sitio en su mundo, sin límites de tiempo y espacio. Que podría seguir escupiéndolas al aire, como una ráfaga, mientras desliza el rodillo sobre el revoque grueso. Y en medio de este valle, lo cierto es que no me importa si son verdad, mentira o pura fantasía.

El sol cae lento, tiñendo de naranja las piedras del Champaquí, cuando sentado en mi reposera subrayo un fragmento de la novela que estoy leyendo: “una mujer se pierde por lo menos a los dos veranos del momento en el cual nos dice adiós”.  Mandrake me interrumpe para comentar que a él también le gusta sentarse tranquilo a tomar verdes y fumarse un puchito, sin que nadie lo moleste. Cuando le ofrezco un mate, infla el pecho de orgullo y me declara que toma doce termos diarios.

Ya está el color de prueba pintado sobre la pared de la fachada; un gris claro que a mi hermano le conforma. Mandrake promete tener el trabajo terminado para el viernes, si es que acompaña el buen clima. Saluda y asegura volver mañana a las cinco, momento en que regresaré a la ciudad, a encerrarme en un departamento. Lo veo salir, enfilar hacia la subida que va a Los Molles. Allá tiene una “compañera de cama”.

Según mi hermano, Mandrake llegó a Villa Las Rosas hace dos años, dejando atrás su vida pasada, como quien muda de piel. No está muy claro fugándose de qué fantasmas. Aunque, llegó a confesarle, que fue al enterarse de que su esposa e hijastro se mataron en un accidente camino a Brasil.

Veo perderse bajo el atardecer serrano al hombre que me habló de sus múltiples experiencias, pero guardándose en cada una de ellas la parte fundamental: cómo se hace para empezar una y otra vez de cero. Yo tampoco me atreví a preguntarle, para no incomodarlo. Se sabe, los magos son reacios a revelar sus trucos.



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sábado, 21 de noviembre de 2015

Babel


Al dejarme, mi mujer me envió este mensaje: "Yo no veo un futuro con vos, parezco cruel, pero es lo que siento. Me llevé de la casa uno de los libros que te había dado del viaje a México; me gustó mucho y la verdad es que quería conservarlo".

Me emborraché y me puse a contar los lomos de cada estante, para saber cuántos me quedaban: 502 libros en total, incluido el que estoy leyendo ("La hora sin sombra", de Osvaldo Soriano) y sin considerar el de Dolina, que tengo prestado y guardo la esperanza de recuperarlo.

Cuando ella mencionó lo del libro, lo tomé como esas tonterías que decimos los seres humanos después de enunciar algo grave, para descomprimir el daño que le estamos causando al otro.

Si usted es lector, y le apasionan los libros tanto como a mí, sabrá que en cada uno hay una historia. Y no me refiero a la que narra el escritor, sino a la que construimos en su entorno, cuando el material entra en contacto con nuestra experiencia.

Tomamos un ejemplar, cualquiera, y al instante se nos aparece la persona que nos lo regaló o recomendó, la librería o feria donde fue comprado, el viaje o los lugares donde fue leído.

La implicancia de las dedicatorias o los objetos que usamos como señaladores (un invisible de la amante de ese entonces, un boleto de colectivo que nos llevaba a un ex trabajo, la entrada de un recital de Las Pelotas, una foto, la ramita recogida en una plaza a la que ya no frecuentamos).

Qué edad teníamos, qué dolores y alegrías nos atravesaban. En qué circunstancias fueron manchadas sus hojas con salpicaduras de mate, o dibujadas con garabatos y frases inspiradas en momentos que se han ido.

El libro que acabo de perder es un caso atípico: no conozco su título, ni  su autor, ni su trama, ni el tamaño o el color de la tapa. Son páginas extraviadas que ni siquiera llegué a hojear o a quitarles el polvo.
Pero esta noche, en la que armo el catálogo de mi soledad, siento su ausencia; se ha vuelto esencial en mi biblioteca.
Pronto -quién sabe-  lo tomará un extraño dispuesto a leerlo, sin advertir en su aura la tristeza de mis ojos.


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martes, 23 de junio de 2015

recompensa


"los argentinos
tienen que saber",
solía decir Jorge Julio López.
¿ sabías que ofrecen
dos millones de pesos
a quien sepa de su paradero?
nunca
la vida (o la muerte) de un albañil
valió tanto
y sin embargo no hay testigos;
el pozo en que lo hundieron
sigue vacante.


jueves, 12 de febrero de 2015

Manuel


El domingo fui al Hugo del Carril; proyectaban “Bird”  -de Clint Eastwood-, film que narra la vida del genial saxofonista Charlie Parker. Allí, en alguna parte de aquel sitio, se encontraba sentado Manuel; un vagabundo de la ciudad, amante apasionado del Séptimo Arte.
Aunque el lugar estaba oscuro (el solo brillo de la gran pantalla no bastaba para ubicarlo) y las melodías de jazz disimulaban su tos, sé que Manuel estuvo presente esa noche; probablemente en una de las filas de abajo, apartado, para no incomodar al resto del público.
Supe de su presencia al subir las escaleras, tras advertir su característico y desagradable olor. Podría reconocer esa baranda nauseabunda a decenas de butacas de distancia, en cada sala ocasional a la que concurro. Manuel es un sucio harapiento, y por más que ande sobrio y civilizado por la vida, ante las narices de los espectadores apesta.
Lo vi por primera vez en el Sindicato de Luz y Fuerza, en un ciclo de películas de fútbol que organizamos con Mariano Saravia. Manuel tuvo asistencia perfecta. Al principio, en la jornada inaugural, pensé que venía para ligar un sanguchito de miga y un vasito de vino. Mis prejuicios me impidieron divisar que se trataba de un cinéfilo de raza.
De él sé poco: su nombre, Manuel, que vaga errante y solitario, que huele rancio y que ama a las películas; y que sus pertenencias (todas) caben en un bolsito azul que lleva de un lado a otro.
El hombre es además un asistente fiel del cineclub La Piratería. En un pacto implícito de convivencia, sabiéndolo “infaltable” a las citas, el programador enciende sahumerios minutos antes de dar sala, para así contrarrestar el vaho del ciruja. Mientras tanto, afuera, el viejo sin dientes fuma impaciente, no viendo las horas de que comience una nueva función en su existencia.

Esa es la escena que se repite cada martes, antes de que el reloj marque las 20.30: la luz tenue, una pared y una puerta separando dos espacios; del lado de la sala está el incienso prendido, consumiéndose, impregnando su fragancia en el ambiente cerrado. Del otro lado está Manuel, chupando el humo de un cigarro en la dulce espera. En esa previa sucesión de imágenes en movimiento, en esa acción de resistencia que registran mis ojos, creo encontrar la belleza del cine.


miércoles, 28 de enero de 2015

La viuda de Acuña


Se llama Elisa Gauna y es la viuda de Mario Acuña, un peón de albañil fallecido en la construcción.
Acuña, que no llevaba el arnés puesto, resbaló y cayó de un décimo piso por el hueco de un futuro ascensor.Para las estadísticas, era el octavo obrero muerto en la ciudad en lo que iba del año.

Pasaron 18 meses y 14 días desde la tragedia. La viuda toma una decisión.
Deja esa tarde a la beba en lo de su suegra, la abuela que de seguro bien la va a criar.
En la pañalera guarda las llaves de la casita que Mario levantó solo, a pulmón, paleando los fines de semana.

Se detiene en la puerta del mismo edificio (inaugurado) donde encontró a su marido frío y cubierto de sangre, tapado con una bolsa de consorcio.Prende un cigarrillo allí y se lo fuma parada, mientras espera la llegada de algún residente.
Llega una pareja, se cuela detrás de ellos y consigue entrar.

De frente se topa con el ascensor en funcionamiento, subiendo y bajando por los límites del hueco oscuro que se llevó la vida de Mario. De haber estado antes…, quizá se hubiese quebrado algunos huesos y salvado.

Encuentra las escaleras y comienza a subirlas.
¿Quién se hace responsable de tantas muertes? Son trece víctimas fatales las del 2011.
Más de un trabajador al mes, ¿es mucho o es poco? ¿Es suficiente, o no lo es, para tomar medidas que puedan evitarlas?

Tercer piso.
Dejan a las criaturas sin padre, a las mujeres sin maridos.
Cuarto.
Si tuviera más coraje, ella tomaría un arma y mataría a los culpables.
Hasta se imaginó la escena: los lleva a punta de pistola hasta la cúspide, los obliga a arrojarse y luego los contempla estampados contra el asfalto, desde las alturas, hasta que lleguen la prensa y las autoridades.
Quinto, un nivel más, sexto, al dueño de la constructora que le pagaba a Mario en negro.
Más escalones, más pulsaciones, séptimo piso ya.
Al capataz, que no le exigió a él que se sujetara por lo menos con una soga.
Octavo, el cuerpo caliente y agitado, el nudo estomacal, las lágrimas derramadas, el insomnio, la ceguera.
Al de seguridad e higiene de la Uocra, que cobra pero no controla, también a los hijos de puta de la Dirección de obras de la Municipalidad.
Noveno, décimo, se mete en la terraza.

Ellos deberían estar caminando por la cornisa en la que se halla ahora.
Mira para abajo, qué pequeñas se ven las cosas: los carteles, las personas, los árboles, los bondis que pasan, y que de a poco se agigantan cuando salta al vacío y repite allá voy, allá voy con vos, mi amor.


lunes, 12 de enero de 2015

Calcomanías


1.
La calcomanía en la parte derecha de la luneta dice “Cariló 2008”, año en que veranearon juntos en la costa. La causa es la siguiente: una mañana cálida, el Papá estacionó a pocas cuadras de la playa, descendieron del auto y se fueron al mar. Al regresar, la encontraron pegada sobre el cristal trasero. La familia se dirigió hacia el hotel, a ducharse y prepararse para salir a pasear. Esa noche, tras una lista de espera, cenaron en la pizzería Cuarto Menguante.
Al volver de las vacaciones y, a pesar de varios lavados, el adhesivo sigue adherido.

2.
Otra calcomanía a la vista es  “La Casa del Parabrisas”.  La pusieron los empleados del taller, la tarde en que el Papá decidió polarizar los vidrios del vehículo para resguardar la intimidad familiar, o por si se presenta la oportunidad de subir a una amante en el asiento del acompañante. Aunque a la Mamá le parezca grasa, pasaron los días y nadie de la familia se puso a despegarla.

3.
Hay una tercera, contorneada y negra, de vinilo. Un tanto naif, pero es la nueva moda. Se luce en la chapa plateada oscura, a centímetros del logo de Renault. En ella está cada miembro de la familia, uno al lado del otro, representados en forma de caricatura: Papá, Mamá, el Hijo, la Hija y el Gato.

4.
La cuarta tiene la bandera argentina de fondo y delante la frase “El campo somos todos”.  Se la ofreció una promotora al Papá en un peaje; éste  aceptó sin dudarlo un instante, mientras le miraba las tetas por el espejo retrovisor. A un costado de la ruta, otro grupo de chicas exuberantes hacían campaña, montadas encima de un tractor.

Sin embargo, el Papá nació en la ciudad. Una vez contó que su abuelo al llegar al país, por ser blanco y europeo, recibió del Estado algunas hectáreas de tierra para producirlas. Pero tuvo catorce hijos y, tras la herencia, las hectáreas se redujeron a campitos. Y luego treinta y siete nietos, y los campitos se achicaron a terrenos. Entonces el Papá vendió uno de mil quinientos metros que le tocó en el reparto, para pagar una deuda con la tarjeta de crédito.

La Mamá también nació en la urbe. Su sueño incumplido es tener una casa de campo, para ir a descansar los fines de semana del estrés que le genera la ciudad. De ser posible con pileta, porque en el verano los ríos se llenan de negros.

El Hijo es un bicho raro, que usa piercings y anda en patineta. Aunque de vez en cuando viaja a las sierras, se toma una dosis de LCD y se conecta con la naturaleza. Piensa que el cartón le pega mejor en el campo que en las fiestas electrónicas.
Lo único que cultivó en su vida fue marihuana dentro del placard de un amigo y - si del “ser nacional” trata este texto- fue con semillas que vinieron en una piedra desde Paraguay.

La Hija no está en condiciones de sostener que ella es del campo, ni mucho menos que el campo somos todos. Es una niña de siete años. Apenas puede decir que es de su papi y de su mami, o que es de River, como le enseñó a repetir el Tío.
Este trimestre en la escuela hizo una germinación en un papel secante, que humedeció y colocó en un frasco, siguiendo las instrucciones de la maestra. Y el brote fue de poroto y no de soja.

El menos campesino de todos es el Gato. Fue criado en cautiverio, lo eligió la Hija en la veterinaria de un shopping, come alimento balanceado, y mea y caga adentro de una caja plástica con piedritas artificiales.

domingo, 30 de noviembre de 2014

Fútbol (o lo que se dice de él)

“El último partido de fútbol se jugó en esta Capital el día 24 de junio del ‘37. Desde aquel preciso momento, el fútbol, al igual que la vasta gama de los deportes, es un género dramático, a cargo de un solo hombre en una cabina o de actores con camiseta ante el cameraman”.
Se trata de un fragmento del conocido texto de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares (con el seudónimo de H. Bustos Domecq), publicado en 1963 y titulado “Esse est percipi”, que bien anticipa el cambio que se vendría (y que se intensificaría con el paso de los años): el fútbol convertido en ficción, en relato, en espectáculo mediatizado, donde se ha perdido la esencia y el amor por el juego, donde es más crucial lo que se dice "afuera" que lo que realmente sucede "adentro".

Porque, pensemos un instante, como hinchas: ¿qué tan trascendental puede ser, en realidad, el resultado de 22 tipos en un partido?
En definitiva, quien más lo sufre es el hincha, el único actor (espectador) que no obtiene ganancias en este gran negocio sino, por el contrario, es el que pone plata a cambio de manifestar su pasión. Tan estafado en el fondo se siente (aunque no lo exteriorice), y es tan pobre lo que le ofrecen, que muchas veces se conforma con ser hincha de su propia hinchada (sí, siquiera importa lo que ocurre en cancha).

Esa narrativa dominante, que tiene más peso que una simple pelota rodando, organiza a la violencia con la que concebimos el fútbol; allí entra la idea (masculina) de que los hinchas del equipo contrario son todos "putos", que hay que matarlos, que hay que ganar o morir, que irse al descenso es una vergüenza y un larguísimo etcétera de la miserable cultura del "aguante" futbolero.

Algunas de estas ideas, ya leídas en otros ensayos, las tomo del libro "Héroes, Machos y Patriotas", de Pablo Alabarces. La fotografía es del Belgrano campeón del Torneo Oficial 1940, cuando los niños podían meterse al campo y abrazar a los jugadores en una vuelta olímpica; mucho antes, claro, de que existieran las vallas, los operativos de seguridad, la paranoia, el estrellato, los autos de alta gama con vidrios polarizados que hoy conducen.


martes, 16 de septiembre de 2014

Villagra El Libertador | Trailer oficial




"Villagra el Libertador" es un documental que explora la vida y obra de Julio César “La Chacha” Villagra (1961-1993), uno de los máximos ídolos de la historia del Club Atlético Belgrano.

Desde su trágica muerte, a los 32 años de edad, el nombre del estadio de Belgrano fue bautizado con su nombre. Sin embargo, allí no existe un cartel que lo anuncie, y el paso de los años pareciera dejar a este emblema en el olvido colectivo.

A veinte años su partida, Juan Manuel del Campillo, un buceador de la historia pirata, decide rescatar la figura de quien fuera el héroe de su infancia. Ese motivo lo lleva a Villa El Libertador, donde iniciará un camino para hacerlo renacer; recuperando el sentido de la palabra “Chacha”, devolviéndolo al lenguaje compartido, al “boca en boca” de toda la hinchada.
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Una película de: PABLO IVÁN | IVANA MARITANO | NICOLÁS BUEDE con la participación de JUAN MANUEL DEL CAMPILLO y la colaboración periodística de IVÁN FERREYRA. Música original: ARIEL MARITANO y JONÁS MARTÍNEZ ULLÁN.
Una producción de FOTOGALERÍA PIRATA

PRÓXIMAMENTE

sábado, 6 de septiembre de 2014

3 preguntas sobre Alberdi *. Responde Pablito Iván.




*Ensayos de la Piojera en La Parisina, Historias de Alberdi.

¿En qué río desembocan las lágrimas de las demoliciones?

¡.

En el río que se pudrió hace rato… ¿pero cuándo?
¿O se pudrió varias veces, en fechas incomprobables?
Alberdi es un lugar con historia
y cada cual tiene su historia con el lugar.

Si fuera un sobreviviente del Pueblito La Toma,
celebrando el Inti Raymi en la Isla de los Patos,
diría que el río se pudrió 
cuando el colonizador
explotó a mi ancestro,
se chupó el agua, envenenó la tierra,
para edificar con mi sangre su nueva aldea.


¡!.

Me sumergí en la putrefacción del río
durante mi infancia, en los años ´90.

Cerraron la fábrica, 
y el barrio se convirtió en un pantano
que huele a traiciones, humo de balas,  
cocinas de merca, fritanga peruana,
polvo de casas demolidas,
perfumes de bosta que nos dejó el sistema.

Recuerdo el cartel de “prohibido bañarse”, 
debajo del Puente Cantón,
donde chapoteaba, desafiante,
la negrada de Villa Páez.

Ver al político de turno,
inaugurando patos en las orillas:
tirándoles tutucas,
tomándose una foto 
junto al cartel de “Protéjalos”.

Mientras la gente  desesperada,
peleándose  por matarlos,
meterlos a una olla
y calmar por un instante el grito de hambre.

A la distancia, 
me veo contemplando el estadio abandonado,
desde una isla hundida en aguas estancadas.
Y, en ella, un faro que pusieron
y nunca encendió, 
al igual que mi mente de niño náufrago.

¡!!

Alberdi es un lugar,
un colectivo de historias compartidas
que forman una identidad;
somos esto
y nos encanta lo que somos.

Una noticia del Canal 10,
muestra el complejo “Torres del Río”,
de Costanera y Av. Santa Fe.  
De allí baja un caño, directo al Suquía.
Como por un tobogán acuático,
caen soretes y meadas de sus departamentos,
una corriente de agua podrida,
donde desembocan las lágrimas de las demoliciones.

La imagen representa al desarrrollista
y al municipio cómplice,
NO a nosotros.

El límite de la historia de Alberdi es el río mismo.
Dicen que, cuando era La Toma,
se ubicaba como a 300 metros de donde corre ahora,
y que la ciudad lo fue expulsando de a poco hacia afuera.

Como sea, siempre fue el límite para huir
y, sin embargo, me quedo acá a luchar,
abrazado a los colores de su bandera.





¿Qué lucha se enconde en la bolsa de los mandados de las vecinas?

Cuando Charras le entrega
la bolsa de los mandados
a las vecinas del barrio,
en su almacén de 9 de julio
esquina Neuquén,
lo hace con sus manos de lucha.

Con las que agarra el megáfono
y grita ¡Paren de demoler!
¡Defendamos Alberdi!,
con las que levanta en las calles
la bandera que nos une.

En cada papa que tocan sus dedos,
zapallito, manzana machucada,
ramito de perejil que va de yapa
en la bolsa de los mandados,
se esconden las huellas de nuestra lucha.





¿Qué secreto se susurran la Tablada y Orgaz?

Daniel Alvarado -alias “Pantera Rosa”-  era el secretario del gremio cervecero. Resistió  105 días en la cervecería, para preservar las fuentes de trabajo. 105 noches durmió en el lugar donde laburó más de 20 años.

A la cervecería la compraron unos chilenos, dueños de otras marcas de cerveza, sin otra intención que cerrarla y limpiar competencia del mercado. Entonces Alberdi, que era un barrio obrero, se convirtió en un barrio de desocupados. Los pibes que afanan carteras, son hijos de esos viejos estafados por el sistema.

Un 17 de Agosto de 1998, la Policía se lo llevó preso por ocupar las instalaciones de la planta, en la toma más grande de la historia de Córdoba. Hace 16 años que lo echaron a la calle y todavía no le pagaron la indemnización, por estar procesado por usurpación y desobediencia a la autoridad.

¿Justicia para quién hay en este barrio?

Pasan los años, ya tiene nietos, y sigue comprometido  con las luchas sociales de Alberdi, dispuesto a no bajar los brazos hasta que se muera.

No se arrepiente  de haber quedado en la lona, por no transar con los empresarios; camina por el vecindario con la frente alta, tranquilo, orgulloso de no haber traicionado a sus compañeros.

Calle La Tablada lo ve pasar una mañana rumbo al Club, con una bolsa de criollitos en la mano, y le susurra a calle Orgaz:“Euromayor no puede terminar  de construir la obra. Parece que vendieron pocos departamentos. ¿Sábes por qué? Porque el Pueblo tiene memoria”.

Habría que brindar por eso…, responde calle Orgaz. En esa esquina,  el bar de los “Luna” ya no existe.











*Ensayos de la Piojera en La Parisina, Historias de Alberdi.


*

miércoles, 11 de junio de 2014

El Negro Miguel



I
La euforia mundialista me trae a la memoria un nombre: Miguel Dellavalle, el primer cordobés que jugó oficialmente para la Selección Argentina. Y digo oficialmente, porque unos años antes hubo otro citado: José Lascano, pero no llegó a jugar.

II
Su padre era italiano y su madre era hija de un cacique, cuando en La Toma se mezclaban inmigrantes con comechingonas. Miguel fue el último hijo que tuvo la pareja, luego de concebir cuatro hermanas; el único y maldito varón.

III
Llegó a Belgrano en 1915, imponiendo rápidamente respeto en los potreros, gracias a su fortaleza y buena técnica. Debutó en el primer equipo en 1916, y se adueñó del puesto de mediocentro. Con la escuadra Pirata fue campeón de la Liga en 1917, 1919 y 1920.  En la calle, en la cancha  y en la vida, lo llamaron "El Negro".

IV
El fútbol argentino nunca fue federal, ni ayer ni ahora. Su historia se escribió, gestó y consolidó en sintonía con el orden político, social y cultural reinante; el del centralismo y el dominio oligárgico. Por entonces, a la selección la conformaban un combinado de jugadores de Buenos Aires y Rosario.

Eso duró hasta que, en las estaciones y vagones del ferracorril, los viajeros comenzaron a rumorear sobre la existencia de este mito futbolero; en Córdoba existía un crack, de apellido Dellavalle. En consecuencia, el 8 de agosto de 1920, se armó un equipo con muchos porteños, algunos rosarinos y un cordobés.

VI
"El Negro" Dellavalle brilló en el Sudamericano de 1921 (hoy Copa América); consiguiendo el primer título oficial para el seleccionado nacional, y ganándose la admiración de los metropolitanos. De esa etapa queda una anécdota: jugando contra Uruguay, apenas empezado el partido, dio por equivocación su primer pase a un uruguayo, ante la costumbre de vestirse con camiseta celeste.

Jugó poquito tiempo a la pelota. Al año siguiente, una lesión en la rodilla le impidió desenvolverse con normalidad en el campo de juego. Ya no volvió a ser figura y anunció su triste y obligado retiro, antes de cumplir los veinticinco.

VII
Intentó hacer otros deportes, como tenis o esgrima, experiencias que le resultaron un verdadero fracaso. A esa altura de su vida, se había convertido en un ebrio que transitaba solo y perdido por las callecitas de Alberdi. Se había reducido, como tantos otros, a un "ídolo de barro".

A veces pasaba un muchacho por enfrente de su casa, en la Enfermera Clermont, diciéndole a otro: "Ahí vive El Negro Miguel, ¿te acordás de lo bien que jugaba?"; pero no mucho más.

VIII
Si alguna vez te preguntan ¿Quién lo juna al Negro Dellavalle?, mostrale esta foto. 
Indicale con el dedo que es el tercero de arriba, contando desde la izquierda; 
ese morochito que contrasta con la ropa blanca, impecable, que luce  arquero.

IX
Sumido en una cruel frustración, Dellavalle no encontró en ninguna esquina del barrio la salida. O tal vez miró al cielo duante varias noches, con la ginebra en la mano, buscando en vano a su estrella apagada.  En 1932, a los 33 años, se disparó en la cabeza con su revólver Eiber 0,32.
Agonizó durante una semana, con la bala metida en su cabeza hasta que ésta, como si fuese un gol de muerte súbita, lo eliminó de este mundo.

X
No tuvo partido de despedida. De él sólo quedan algunos documentos aislados; las crónicas de diarios en su momento de gloria, llenas de polvo en alguna hemeroteca; un par de links de Internet si uno googlea; y este texto imperfecto que acota su historia, escrito a escasos metros del zaguán que lo vio nacer, 116 años atrás.

XI
Hace poco el Víctor me dijo: Che, por qué no le ponemos "Dellavalle" a una de las calles del estadio; aunque sea una sola cuadra. ¿Le cambiamos el cartel "de pecho"?, le pregunté. No, no, lo hagamos legal, consultemos en la Municipalidad.
Y yo ya sé cómo funcionan las autoridades; te mandan a comprar un timbrado al banco, te hacen llenar formularios, te pasean de despacho en despacho, te hacen formar interminables filas, archivan el expediente, y así se pasan la pelota, hasta que logran que pierdas el entusiasmo.

No le hace falta un cartel a este formidable volante central, para seguir siendo el patrón de nuestras veredas. Cuando alguien se tropieza caminando por Alberdi, no es un error de cálculo, una cáscara de banana o una baldosa floja; más bien se trata de la sombra de El Negro Miguel, que le hace marca personal a los transeúntes, metiéndoles la traba cuando intentan pasarlo.







lunes, 17 de marzo de 2014

24


Tomamos  unos mates con Villegas, mientras charlamos sobre Escena y Memoria. Al nombre te lo eligen y a él lo llamaron Jorge, pero no se parece ni a Videla ni a Cuadrado. Es Jorge Villegas, el dramaturgo, diciéndome: Nos quieren hacer creer que los desaparecidos son un problema de sus familiares y no de la sociedad argentina. Pero si nos fijamos bien - sostiene-, a todos de algún modo nos roza. A alguien conocemos en nuestras vidas, aunque sea más o menos, que asesinó o fue asesinado. Como ese amiguito del barrio que jugaba a la pelota en un baldío y, de un día para el otro, dejó vacío el arco y huyó con su padre a México.

Pienso en el roce, en las palabras de Villegas, en esta noche de insomnio y soledad. A mi existencia la roza el primo de mi vieja: Ricardo Alberto Ramón Lardone, alias el `Fogonazo`. La roza desde el 2002, veintiséis años después del Golpe, cuando leí su nombre –el mismo apellido de mi vieja- en los apuntes de Historia Argentina de la ECI. Ese mismo día se lo mostré a ella y descubrió que, aquel primo con el que jugaba en la infancia, estaba acusado de Delitos de Lesa Humanidad.

¿Cómo era posible que Ricardo fuera eso? Llevaba una vida corriente en los ´70, con su familia y su rutina. No aparentaba ser un humano violento ni un desequilibrado mental. ¿Qué procesión corría por esas venas?  Ante la sociedad era un fotógrafo deportivo, que sacaba fotos en las canchas de la Liga Cordobesa. Y en simultáneo un entregador de militantes. El árbitro que te sacaba la roja en un partido preliminar a la muerte.

Esta resultó ser la trayectoria de Fogonazo Lardone, mi pariente lejano. Números exorbitantes como los de Messi, pero profundamente dolorosos y escalofriantes: 809 delitos: 310 privaciones ilegítimas de la libertad agravadas; 293 imposiciones de tormentos agravadas; 191 homicidios calificados y 15 imposiciones de tormentos seguidas de asesinato.

Hay una fotografía esta noche, me roza la cabeza como una bala y no me deja dormir. Miles de cuerpos tirados sobre el cemento frío de una tribuna; del otro lado del alambrado, el Tercer Ejército juega un picado. La Pepona Reinaldi, con expresión desorientada y los botines sin cordones, junto a un milico que le rapa el pelo.  Tito Cuellar, otro guaso de doble vida: laburante de EPEC de día y futbolista por la tarde, culpable a ayudar a escapar a Tosco en el baúl de su auto. La sombra de Kempes, glorioso goleador indigno, que no podremos ya disfrutar, Nunca Más, con tanta derrota afuera del estadio. 
También veo corriendo a  la joven promesa del Club Las Flores, Kike Bogni, con la 10 en la espalda y las crinas al viento. Y a otro sujeto arrodillado, sin identidad -tal vez yo mismo-, al que le vendan los ojos con el banderín del córner. 
Nos la dispara el Fogonazo, a quemarropa.

viernes, 7 de febrero de 2014

miro lo que me encontré


hay un pañuelo
junto a un trapo
un cepillo
y una esponja
adentro de un balde
los de la casa desconocen
su historia
y lo usan para fregar el auto
sería impreciso 
afirmar que no queda nada
siendo que aún hay un pañuelo tuyo
un pañuelo
que atabas a tu muñeca
o sujetaba tu pelo
en los días de viento
el mismo pañuelo
significando
en otro espacio
en otro tiempo
en otro estado
retazo de tela china
azul marina
con anclas negras
y cadenas finas
frente a mis ojos
mugriento
desteñido
sin el perfume
que olvidé 
un pañuelo con un agujero
en el cuerpo
y nadie que venga
a zurcirle la herida.


.



martes, 10 de diciembre de 2013

Póliza



a MATFRE S.A

Mi hermano me envió por mail
la nueva póliza, hace unos días,
y tengo que imprimirla.

Así no se puede andar, diría mi viejo.

Una tormenta fabulosa,
observo por la ventana
en dirección al puente.

 Arriba el cielo es marrón
como una diarrea disecada.
El viento violento espolvorea la ciudad
con la ceniza de los cerros incendiados.
(Resaca cordobesa y dominguera, 
bilis desparramada en el aire).

Debajo,
los automovilistas se apuran,
quieren llegar urgente a las cocheras.

Se pasan el semáforo de la esquina en rojo,
para evitar los daños que los seguros no cubren.
Lo observo del otro lado del vidrio:
es la naturaleza (un tercero), atropellando a la civilización.

Cientos de insectos se inmolan
contra los parabrisas,
de autos que aceleran sin piedad.

Un remisero
conduce como un pajero,
mientras detrás le hacen señas de luces
para que se apure.
¿Acaso no le importa resguardar el vehículo?,
¿Acaso es un empleado vengándose de su patrón?

A los costados,
más coches desubicados,
trepados a las baldosas,
envueltos en colchas agujeradas.

Un perro entrometido en un porche,
lamiéndose el polvo de una herida fea.
Encima de su pellejo,
pendula un cable y un foquito quemado.

Y aquella bolsa de supermercado
trae basura mientras rueda,
indomable,
con rumbo azaroso.

Las primeras gotas traspasan
la vidriera  rota
del almacén recién saqueado:
ablandan la mugre de los azulejos,
diluyen la sangre.

¡Estalla un trueno!

(Si imagino a un niño 
haciendo un barquito de papel,
acuclillado a la orilla del cordón,
es por las ganas que tengo de verlo).

Una toalla mojada
se cayó –tal vez de la terraza-
en medio del diluvio
y
sigue tirada en la vereda
porque nadie la levanta.

Se corta la luz:
la cuadra se ilumina con la baliza de un R9,
indiferente al apagón generalizado.

Acaba de estacionar enfrente,
justo debajo de la copa de un árbol,
el que se coge a la vecina del 2°B.

Parece que tiene intenciones de bajarse.

El hecho que venga a verla con este clima
-dejando el coche a la deriva,
a riesgo que el granizo le reviente el chasis-,
me da a pensar que el guaso anda encariñándose.
.


domingo, 27 de octubre de 2013

Sully


I
Eras un  niño cuando te explicaron que donar órganos era peligroso, porque pasabas a integrar una lista negra. Y entonces te marcaban, te  perseguían y mataban, para arrancártelos y traficarlos en el mercado internacional.
O cuando oíste la leyenda urbana: hombres que amanecían tiritando en un hotel, metidos en una bañadera llena de hielo, con una costura en la panza. La mina que conquistaron en el boliche ya no estaba. Sólo un mensaje con lápiz labial en el espejo, que decía: “Te acabo de robar un riñón: tenés dos horas para ir al hospital o te cagás muriendo”.
Tu viejo sentado en la punta de la mesa, escuchando la radio, odiando al sistema. Pidiendo que descuarticen a los hijos de puta que gobiernan, y que repartan sus órganos en las carnicerías, es otro recuerdo relacionado.

II
Llegaste a la plaza preguntando por “la trasplantada” y te señalaron la farmacia. No hay modo de pifiarle, es el único habitante del pueblo que recibió un órgano. No deberías saberlo, las donaciones son anónimas. Alguien vendió la información a un paparazzi y se hizo noticia.
Se llama Sully, tiene 51 años. Su cuerpo lleva el riñón de La Chacha Villagra. Tu ídolo. Por eso y sólo por eso querías conocerla. La mirás un rato y no hay conexión. No ves nada en esa señora que se asemeje a sus goles y gambetas.
El tiempo no se detuvo, la vida siguió. Sully hizo una familia. Belgrano aún compite. Vos escribís. Un joven mendocino recibió el corazón de La Chacha y todavía late. Otra niña las córneas, que le permitieron ver. El jugador se inmortalizó, robándole el nombre a un estadio de fútbol.  Se van a cumplir 20 años, de aquel fatídico balazo del 13 septiembre de 1993. Hoy viven cinco personas gracias a Julio César, unidos a él por una cicatriz invisible.

III
La Ley establece que la donación es voluntaria, pero falta solidaridad. ¿Vos donarías tus órganos? ¿Lo pensaste alguna vez? ¿Qué es lo que lleva a que la amplia mayoría se niegue a darlos? ¿Por qué la mayoría elige que se pudran en un cajón y se los coman los gusanos, a cederlos para que otros continúen viviendo?
Alejandro T. donó los de su hijita de seis años, fallecida en un accidente. Cecilia A., de 26 años, es donante voluntaria desde que sacó el DNI.  Atilio L.  es un enfermo que se pregunta todos los días “¿Cuándo me va a tocar a mí?”.

En la ciudad, hay muchos pacientes que esperan y pocas personas dispuestas a donar. A esta hora del sábado, mientras escribís, la página del INCUCAI anuncia que en el país hay 7471 personas que aguardan un trasplante que les salve la vida. En lo que va del año, en Córdoba hubo apenas 24 donantes. 



jueves, 18 de julio de 2013

Los pósters de la memoria



I
Más allá del cine, los pósters o las páginas de un cómic, todos tuvimos un personaje de carne y hueso que, por algún motivo, nos marcó la infancia. Alguien que merodeaba el vecindario, se comportaba de forma extraña, y observábamos con cierta fascinación.
En mi vida es el Celestino, un borracho horrible que dormía en la plaza del San Jerónimo. Una vuelta me lo confundí con el Chipaca, un amigo de mi hermano, y me acerqué a conversarle. Andaba chupadazo y meaba contra un árbol.  Quizá se creyó que yo le quería ver la pinchila, o algo así, y me encajó un trompadón sin mediar palabra. Sentí que un misil me reventaba la nariz. Corrí hasta mi casa y pasé derechito al baño; sin llorar, sin acusarle a mi vieja. Sangraba cascadas. La pileta toda salpicada, hecha un enchastre. Y yo bancándomela, guardando el secreto. Una experiencia imposible de cauterizar.

II
Cuando mi viejo era niño, La Burra era el choro de Despeñaderos. Parte del paisaje, como el cura o el colorado del almacén de ramos generales. Porque, a pesar de ser ladrón, La Burra no asustaba a los habitantes. Dicen tu viejo y el mío que la vida de antes era más simple y justa y que la gente era más buena y que al fútbol se jugaba mejor. Lo mismo dicen de los pueblos, cuando los comparan con las ciudades. Que las bicicletas dormían sin candado en las veredas y amanecían ahí, justo en el mismo lugar donde sus dueños las dejaban. Pero, en definitiva, La Burra no le robaba a nadie en Despeñaderos; prefería ir a la Capital y chorear en los bondis de línea.
También dicen que los ladrones de antes sentían vergüenza de robar, por eso ejercían lejos; y que, poco a poco, fueron perdiéndose los valores.

III
No sé bien desde cuándo existen las rutinas. En las siestas de los años ´50, mi viejo salía a cazar ranas para la cena. La Burra pungueba por la mañana y por la tarde iba a la plaza. Mi viejo pasaba frente a él, camino al río. Se miraban. De pronto un día empezaron a saludarse, sin razón aparente; mi viejo seguía de largo y La Burra se quedaba sentado. Así, durante muchos años.
A veces un simple ritual es suficiente para encadenar un par de almas.

IV
La Burra quemaba sus días en un banco, debajo del mástil. Era la estatua viviente de la plaza principal. Siempre la misma pose: sentado, en silencio, con una varita cascándose los dedos. Nadie en Despeñaderos entendía por qué vivía así, sin molestar a nadie, maltratándose las manos con un palo de escoba. Vaya a saber pensando en qué, tramando qué plan malvado. Lo cierto era que estiraba los dedos, los separaba bien y paf, paf, paf, les propinaba largas sesiones de golpes secos; sin sobarse, sin gritar, sin romperse un solo hueso.

V
La Burra es el personaje que marcó la infancia de mi viejo, como a la mía el Celestino. Es algo irreversible, insuperable. Por eso no se cansa de repetir que a los veinte lo fue a visitar al Penal de San Martín. Que le llevó unos fasos de regalo y que por primera vez charlaron. Y que recién allí se animó a preguntarle: ¿Por qué se pegaba, Burra? Y que, entre rejas, La Burra le dijo que “Para ganar sensibilidad  en los dedos” porque “con los golpes se agudiza el sentido del tacto. Y después es mucho más fácil meter la mano, en la cartera de la dama o en el bolsillo del caballero”.
Y que, con un dejo de nostalgia, llegó a confesarle: “Con la puntita del índice podría sacarte la billetera, si quisiera. Pero, ahora que lo pienso: sin darme cuenta, practicando se me fue la vida”.

VI
Mi viejo creía que, lo de La Burra, era un modo íntimo de castigarse y así compensar los daños que cometía. Jamás lo condenó ante la revelación. Porque, para él, La Burra no era un hombre malo, ni lo es, ni lo será. Más bien un ser indispensable en su universo. El prócer de ese trofeo perdido que es la infancia. Y, mientras respiren los recuerdos, allí estará a toda hora La Burra, machacándose los nudillos. Y en los míos el Celestino, lastimándome la cara sin compasión.
A veces hay que luchar contra a ese vil contrincante llamado Realidad, que derrota ilusiones, desarma utopías, derriba ídolos. Por eso no importa si ellos viven o murieron, si están en la Tierra, en el cielo o en el infierno. 

Hay un lazo imaginario, que nos unirá a esos guasos por el resto de los días. En todo caso, lo que nos ahorca a los cuatro, es el paso implacable del tiempo.   


a M.O.